Se apaga la mirada irónica y sagaz de Elliott Erwitt

«Hay que reaccionar a lo que ves, esperar sin prejuicios. Puedes encontrar fotos en cualquier lugar. Es solo cuestión de darse cuenta, ver las cosas y organizarlas. Sólo debes preocuparte por lo que te rodea por la humanidad y por la comicidad del ser humano». Palabra de Elliott Erwitt, uno de los grandes maestros de la fotografía del siglo XX, fallecido este viernes a los 95 años en su casa de Manhattan.

Con la muerte de Erwitt, el mundo pierde la mirada irónica y sagaz de un dotado cazador de instantes. Un infatigable notario del día a día en las calles en busca de la belleza, de paradojas y casualidades imposibles.

Aseguraba Erwitt que el humor «es la mejor manera para aliviar la intensa seriedad de la vida». En su trabajo evitó así el dolor, la crueldad, la pobreza y las guerras. En sus divertidos juegos fotográficos, sus chistes visuales con niños y perros, jamás buscó lo ridículo sino lo incongruente, inmortalizando su cómica visión de la vida en sus instantáneas.

Era mucho más que un extraordinario fotógrafo documental y publicitario, terrenos en los que destacó. Reverenciado por sus potentes imágenes en blanco y negro de situaciones cotidianas pero chocantes, fue otro militante del ‘instante decisivo’, ese momento crucial que buscó con denuedo su maestro Henri Cartier-Bresson.

Nacido en 1928 en París, hijo de emigrantes rusos, Erwitt pasó su infancia en Milán. Con once años se tuvo que marchar a Estados Unidos. Se interesó por la fotografía siendo adolescente cuando se instaló con su familia en Hollywood.

Regresó a Francia en 1949. En 1953 conoció a Robert Capa, que vio algunos trabajos del joven Erwitt y le adivinó un gran futuro. Le invitó a entrar en la mítica agencia Magnum que Capa había fundado con Henri Cartier-Bresson y David Seymour ‘Chim’. No la abandonaría nunca y llegaría a ejercer como su presidente durante varios periodos.

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Sin truco

Como sus compañeros en Magnum, Erwitt defendió el fotoperiodismo «directo y sin manipulación». Pero a diferencia del realismo seco e imperturbable que promulgaban Capa o Cartier-Bresson, Erwitt aportó una clara intencionalidad en su mirada. Una veces recurría a la nostalgia, otras a la paradoja o la denuncia social, y casi siempre al sentido del humor. Durante seis décadas utilizó sus cámaras Rolleiflex y Leica para contar chistes sobre las situaciones más cotidianas. Un humor en el que se sirvió de niños y animales. Sobre todo perros, protagonistas de muchas de sus fotografías. A los perros les dedicó tres monografías – ‘Son of Bitch’ (Hijo de perra o hijo de puta), ‘To the Dogs’ (A los perros) y ‘Woof’, la onomatopeya del ladrido en inglés- pero retrató también a personajes tan populares como Marilyn Monroe, el Che Guevara, Fidel Castro, Jacqueline Kennedy, Frank Sinatra, Muhammad Ali, Simone de Beauvoir o Arnold Schwarzenegger.

«Mi trabajo no tiene misterio; cuando veo algo que me llama la atención, disparo al objetivo; eso es todo», dijo Erwitt en su visita a nuestro país como Invitado de PhotoEspaña en 2002. «Ante una buena fotografía, lo que hay que hacer es mirarla y callarse», dijo con talante muy serio, dejando aparcado ese sentido del humor del que hacía gala en sus imágenes.

Trabajó para revistas como ‘Life’ ‘Collier’s’, ‘Look’, ‘Holiday’ y otras publicaciones en la época dorada de las revistas ilustradas. Participó en la famosa exposición ‘Family Man’, organizada por el MOMA en Nueva York en 1955. Años más tarde, rentabilizando su enorme prestigio, trabajó para la Casa Blanca. En los años setenta se inició como cineasta. Produjo varios documentales y dieciocho películas de comedia para HBO. Sus imágenes están en los museos y galerías más importantes de todo el mundo.

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